El Resplandor, por Alberto Sendros

Nunca escribí el texto para una muestra aunque me lo pidieron muchas veces y tampoco lo hubiera escrito en esta ocasión si la artista y el sujeto de la obra no me fueran tan cercanos.

Un día Cynthia pinto un gallo de gallinero…
Y poco después, al verlo, yo le hable por primera vez de los gallos de riña.
Con mucho énfasis, seguramente, porque a los pocos días ya estábamos hablando…de una muestra.

Los gallos de riña no podrían serme más cercanos. Hacen parte de mis recuerdos más remotos.
Mi padre era, es todavía, gallero.
Nací en una casa en cuyos fondos había un galpón/stud, un galpón con jaulas numeradas y una vaya de cuero en el centro.

Los sábados por la mañana, mi tio juan, único hermano demi padre y también gallero con stud propio, venia a mi casa para “hacer tirar” a las galladas mutuas.
Eran combates de entrenamiento, para cebar el instinto de los animales celosamente cuidados.
Eran combates sin sangre y sin muertes, porque las púas y los picos se cubrían con “tapones” y “piqueras”.

En mi casa nunca hubo riñas verdaderas.
Las riñas verdaderas eran los domingos y eran lejos…
En Esperanza, en Concordia, en Lavanda, en las Termas, en la Fiesta del Señor de los Milagros en Salta.
Yo muy rara vez entre al galpón.
No me gustaban los gallos ni las riñas.

No descubrí hasta muchos años después la importante tradición y cultura que llevan consigo.
Y las valiosas enseñanzas para la vida que podían, pueden, adquirirse observando al gallo y siguiendo las alternativas de la riña.
La cultura de la gallería tiene una infinidad de sabidurías y de códigos trasportables a la vida humana.

La valentía, la nobleza de morir dando pelea…
Todas esas cualidades del gallo en la riña son paralelizables con otras del hombre en la vida.
Hay gallos que mueren tirando picotazos y hay otros que abandonan el combate y dejan al adversario victorioso en la arena.
Y hay hombres que, también, hacen una u otra cosa.
Lo aprendí muy chico, en el galpón del fondo de mi casa.

Hoy, Cynthia me ofrece la extraordinaria oportunidad de recordar mi infancia desde este inesperado ángulo.
De reconocer el importante valor de cosas de las que fui testigo indiferente.
Y también, de tender un nuevo lazo hacia mi padre y su mundo, que todavía hoy me resultan tan lejanos y extraños.



Alberto Sendros, 2015