Todo sobre mi madre, por Natalia Malamute

La última vez que almorzamos en el taller le mencioné que veía el lugar muy desordenado. Siempre está un poco desordenado, lo esperable. Pero esta vez había algo distinto, algo en ese desorden que me inquietaba.

En vez de la típica sucesión que daba cuenta de la idea de serie, ahora las obras estaban desparramadas y superpuestas: sobre una banqueta había algunas telas llamativamente pequeñas para el formato habitual de la artista que mostraban formas planas en colores brillantes; un caballo posaba serio en otra tela de tamaño medio y un diamante enorme, gigantesco, oficiaba de telón de fondo. En cada una de esas pinturas se podían percibir huellas de un lenguaje todavía no agotado. Las obras en conjunto funcionaban como una suerte de cadáver exquisito, un desorden dentro de un orden, en donde al comienzo y al final siempre estaba la pintura.

En los espacios que habita Cynthia Cohen la norma desaparece. Alejada de las recetas del arte contemporáneo, en esta muestra la artista nos presenta un repertorio de objetos a modo de collage, una actualización de sus imágenes deseadas. Parece una selección arbitraria, y a la vez no hay nada elegido al azar. Sus figuras siguen siendo limpias y satinadas, esas que generan un efecto directo sobre el espectador, un “wow” inmediato, pero ahora ellas han sido remixadas cuidadosamente.

Ese desorden parece funcionar como una suerte de transición hacia otro lugar todavía incierto. Quizás ahí radicaba mi malestar al entrar al taller. Ha dado una muestra sin consignas, en una época donde las consignas se nos aparecen por todos lados. Cynthia Cohen respetó una vez más el placer que siente al pintar, el vértigo que trae la libertad, el hacer más como pregunta que como certeza. Ahora que lo pienso, siempre fue así. Se los digo yo que la conozco bien.